
no te conocí.
La segunda, sí.
Amor (con alas y flechas)
Rubí, de Kerstin Gier. Editorial Montena, 2010. Colección Ellas 358 pp. 157 x 222mm. 17’95€ Gwendolyn Sheperd es una chica normal, espontánea, algo torpe, que desde pequeña ha tenido que lidiar con una familia no del todo corriente. Su prima Charlotte, de hecho, parece haber heredado el gen de viajar en el tiempo, y toda su vida ha estado dedicada a prepararse en secreto para el gran momento. Gwen, en cambio, ha permanecido al margen de todo ese mundo. ¿Pero qué pasaría si se hubiesen equivocado? ¿Y si Gwen, y no Charlotte, hubiera heredado el gen de los viajes en el tiempo?
A raíz de este error, inconsciente o no, Gwen se ve sumergida en una aventura para la que nadie le ha preparado. En su camino, tendrá que comprender que su vida nunca más será la de una chica normal, sino que tendrá que aprender las costumbres del pasado y entender que un secreto del que nadie quiere hablar acecha a su familia. Por si esto fuera insuficiente, habrá de lidiar con su compañero de aventuras, Gideon, un chico poco mayor que ella y un tanto prepotente, que no parece tener la intención de hacerle el camino fácil.
Kerstin Gier, escritora alemana nacida en 1966, es la autora de este sorprendente y adictivo libro publicado por la editorial Montena, que el próximo 18 de febrero verá su continuación con Zafiro. En Alemania, la primera entrega ha vendido ya más de dos millones de ejemplares, y no es de extrañar. La novela combina acertadamente la magia inherente a los viajes en el tiempo con la naturalidad y frescura de una protagonista actual, compleja, verosímil y autosuficiente.Rubí atrapa desde la primera página, gracias a un original argumento que logra huir de los estereotipos, unos personajes variados, y una justa y muy atractiva dosis de romance.
La productora alemana Schlicht und ergreifend Film GmbH ya ha comprado los derechos de la trilogía para hacer una película, cuyo rodaje, según afirman, podría comenzar en noviembre de este mismo año. Los curiosos podrán obtener más información aquí, en la página oficial de la futura película. Hasta entonces, y a la espera de más información, los lectores podrán disfrutar muy pronto de la publicación de Zafiro y Esmeralda, que prometen encerrar muchas sorpresas.
(Hasta aquí, reseña publicada en Culturamas)
Aprovecho, ya que estoy, para pasaros el booktrailer. No está nada mal :)
La gente pasa. El mundo gira. Sí, todo eso me lo sé ya. Algunos enferman, otros mueren, otros rechazan, discuten o, aún peor, olvidan. Otros quieren. Otros no te quieren. Y otros, por miedo a quererte demasiado, no quieren quererte. Baste dar un paseo por Madrid, cuando el sol se harta de nosotros y cierra los ojos. Sus caras, sus gestos, sus pasos. Y en medio de todos ellos, tú.
Tú, con esa mirada ingenua, con pájaros en la cabeza y demasiadas letras a cuestas, con ese “¿nos vamos a tomar algo?” siempre precipitándose en tu boca. Crees que me engañaste, pero te calé en seguida.
He visto cómo os miráis, Madrid y tú, cómplices, con la sonrisa ladeada de un crío con una travesura entre las zarpas. No se me escapa el guiño entre los dos. Os habéis propuesto liarme esta noche y, para qué mentirte, me dejo engañar. Nadie dice que no a Madrid. Nadie dice que no a un niño con la mirada ingenua y demasiadas letras a cuestas, por mucho que sepa que la travesura me va a costar cara.
Madrid y tú, “otra caña más, venga”, mis vacilaciones, tu seguridad y mi rendición. No finjas que te sorprende, niño grande, sabes de sobra que ya me he perdido. Que me dejo liar, que me pierdo donde tú me digas, esta noche. Solo esta noche. Donde tú quieras.
“Tú mandas”. ¿No?
(...)
Llega la segunda parte de la aclamada saga Oscuros, que debutó en EEUU como número 1 en la lista del New York Times. Oscuros, el poder de las sombras, es el título de la continuación de esta tetralogía juvenil que en España ha vendido ya más de 30.000 ejemplares.
Los ángeles caídos han vuelto a las andadas. Luce y Daniel, dos adolescentes enamorados, condenados a encontrarse y a perderse hasta el fin de sus días, sufren un castigo eterno por haber tenido la osadía de, entre el cielo y el infierno, elegirse a sí mismos. Luce ha tenido ya innumerables vidas en el pasado, y todas se truncan en el momento en el que conoce a Daniel y presa de una obsesión inexplicable se enamora de él, momento en el que muere ardiendo en llamas.
Esta vez, no obstante, parece que la historia puede cambiarse, y los protagonistas encontrarán una forma de luchar contra el destino, así como de enfrentarse a ángeles, demonios y sombras con tal de conseguir estar juntos. Lo que Lucy desconoce es que ella es una pieza clave en la lucha del bien y el mal, y su vida corre peligro. Para protegerla, Daniel habrá de aceptar una tregua con Cam, su mayor enemigo.
Una vez más Lauren Kate sorprende con una fluidez y un manejo de la acción rápidos y certeros, pero en esta ocasión podemos reconocer con demasiada facilidad alguna fórmula bastante usual en las novelas de vampiros. Una protagonista indefensa y frágil, incapaz de vivir sin el amor de su valiente compañero de andadas, y que sin haberlo previsto supone la pieza clave para resolver una lucha que se ha prolongado en el tiempo.
Si a eso le añadimos dos hombres, uno de cada bando, que han de olvidar sus diferencias para protegerla y le sumamos el componente paranormal y oscuro de cada uno de los protagonistas, encontraremos una saga con unos personajes no muy diferentes de la homónima de Stephenie Meyer, Crepúsculo.
Afortunadamente, la originalidad del argumento y el atractivo de la lucha entre ángeles caídos hacen de la saga de Lauren Kate una lectura entretenida que mantiene la atención del lector en todo momento, aunque a veces uno eche de menos una profundización en la psicología de los personajes, demasiado estereotipados como para causar una auténtica empatía.
Reseña publicada en la revista Culturamas.

Ella no es una excepción. Viene agarrada al brazo de su madre, y con su otra mano sostiene con fuerza un unicornio de peluche, no lo quiere soltar. Me acerco a recibirla. Su madre quiere tomarse un café y airearse un rato, y me pregunta si nos importa que nos la quedemos. Claro que no, para eso estamos aquí.
-¿Te quedas conmigo, peque? Estamos pintando, hay puzles, hay plastilina…
Le tiendo la mano. Ella la observa atentamente unos segundos, recelosa. La inspecciona hasta que, después del que parece un complejo balance de los hechos, decide aceptarla. Ahora sí, me mira, con un par de ojos enormes, dignos de Pixar. Asiente y se agitan sus coletitas.
No habla. Ni cuando la acerco a la mesa para que se ponga a pintar. Solo asiente y niega con la cabeza, como si le gustase hacer bailar a las coletitas de su pelo, y yo, en un monólogo, consigo sonsacarle que tiene cuatro añitos, una hermana y que su padre está “lejos, muy lejos”, aunque no me quiera decir dónde. No dibuja, tampoco. Tiene abrazado a su unicornio de peluche, rosa, muy rosa, y mira al resto de niñas. Pero ella no dibuja. Solo me pide, sin abrir la boca, que le pase los rotuladores.
Nunca sé muy bien qué hacer ante estas situaciones. Esta vez, por un impulso, cojo un folio. No se me dan nada bien estas cosas, pero empiezo a dibujarla. Una cara redondita, unos ojos grandes y dos coletitas.
-Mira lo que he hecho. ¿Quién es? -. Frunce las cejas y acerca el dibujo con su mano izquierda, vendada hasta la muñeca a causa de las vías-. ¡Eres tú!
Ladea la cabeza, lo estudia un rato. Me mira con determinación. No parece muy convencida.
-No lo has pintado. Y no tengo cuerpo.
Bonitas primeras palabras, dignas de alguien que tiene muy, muy claro lo que quiere. Sonrío para mis adentros, satisfecha de obtener la primicia. Me acerco despacio, agachándome.
-Mira… -le susurro, aprovechando que me he ganado su atención-. ¿Sabes lo que vamos a hacer? Voy a dibujarte un cuerpo…. –la miro. Lleva el pijama de hospital, blanco con lunares verdes, con los pantalones demasiado largos, remangados a la altura del tobillo. No puedo dibujarla así-. Y voy ponerte un vestido. Un vestido de princesa.
-Rosa –advierte.
-Rosa –concedo. Trato hecho.
Empiezo a dibujar, bajo su constante vigilancia. De reojo mira todo lo que hago, a cada trazo. Me vigila con la cabeza bien alta, empezando también a dibujar una torpe casita en su propio folio. De vez en cuando, me corrige:
-Mis ojos son marrones, no negros. Y el vestido es más rosa.
-¿Más rosa? ¡Si ya es rosa!
-Más rosa. ¡Y de colorines! ¡Y muuuuuuy largo! –apunta. Alargo el vestido hasta el borde del papel, intentando descifrar la dicotomía entre el rosa y los colorines hasta que quede satisfecha-. Estás sentada en una silla pequeña –dice de pronto, sin despegar su vista de mi dibujo-. Pareces una niña pequeña.
-A lo mejor lo soy, a lo mejor tengo cuatro años como tú, y os estoy engañando a todas… -bromeo, pero ella asiente. No dice nada más al respecto. Tengo cuatro años, es plausible, a otra cosa. Ahora que lo pienso, no es tan descabellado. La niña se mueve, y solo entonces reparo en que debajo de su pijama de lunares se asoma un collar de plástico, con falsas perlas y un enorme diamante con forma de corazón.
-Anda, mira esto –exclamo, y tomo su colgante entre los dedos-. ¡Esto es un collar de princesa! ¿De dónde lo has sacado?
“Es un secreto”, me dice, sin reírse un ápice, acariciando el pelaje de su unicornio rosa.
-¿Sabes lo que creo yo? Que eres una princesa y no me lo quieres decir…
Sus ojos grandes, saltones, se fijan ahora en los míos como si valorara la posibilidad, pero me dice que no. “Vaya que no”, pienso yo. Una pequeña princesita, solo que en pijama de hospital, con una venda en el brazo y ojos de cansancio. Pero una verdadera princesa.
-No –repite-. Pero voy a convertirme en un ángel.
Me quedo sin habla. Solo unos segundos.
Procuro que no se me note demasiado, pero me cuesta.
-¿Y eso quién te lo ha dicho?
-Mi profe de religión.
Abraza a su unicornio y me quita el dibujo de las manos. Se lo quiere llevar a la habitación.
.
A veces es duro.
Escribirlo nunca le hará justicia del todo. Ni a mí, ni a ella. Por eso no suelo subir estas cosas al blog. Esta vez he hecho una excepción. A fin de cuentas, una princesa así no se ve todos los días. Y nadie debería decir que no a los deseos de las princesas.