martes, 21 de agosto de 2012

Recorrer Madrid por la noche y...


Sentirte parte de una nada infinita.
Hundirte en la multitud que hormiguea la ciudad insomne entre los latidos del tráfico y las luces.
Consciente. Enfadada. Porque solo los pitidos de los coches combaten contra esa furia de sueños, y risas, y gritos. Y lo sabes.
Y debería haber una mano que sostener en ese instante, pero los dedos se aferran a un bolso que temes perder ante un desafortunado choque en un paso de cebra. Y dónde están esos cuentos. Dónde están esas ciudades, y el café para llevar, y los encuentros fortuitos. Dónde está el lenguaje que comunica a personas tan distintas, si Madrid no es más que un laberinto de hormigas sonámbulas. Si aunque mires al cielo, la ciudad entera le desafía a no mostrar ni una estrella.
Pero aun sin luz todo son luces. Y sonidos. Y hay algo armónico dentro del caos.
Como si las aceras siguieran el compás de mil saxofones desafinados
y te invitasen a bailar.

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